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Las necesidades fisiológicas a lo largo del ciclo vital de una persona van modificándose, de forma que es habitual que cada etapa presente características particulares, desde la infancia, a la adultez y la vejez.

 

Una de las principales características diferenciales son las horas que necesita dormir una persona, disminuyendo la cantidad progresivamente a lo largo de la vida, desde la infancia a la adultez. Sin embargo, pese a haber una pauta común, existen personas con necesidades de sueño particulares que se salen de la media.

En un recién nacido la media de horas de sueño rondará entre las 14 y 17 horas. En esta etapa los ritmos biológicos que le permiten medir el paso del tiempo y que rigen cuando aparece el sueño son más cortos. Éstos son los llamados ritmos ultradianos, y son los que provocan que cada tres o cuatro horas el bebé necesite conciliar el sueño. A partir de los 6 meses de vida, y hasta la adultez, los ritmos pasan a ser circadianos, lo que implica que se dan ritmos de 24 horas que regulan los ciclos de sueño y vigilia, y es por eso que solemos entrar en una fase de sueño de forma regular cada 24 horas.

En la adolescencia, época de grandes cambios biológicos y hormonales, las horas de sueño necesarias rondarán entre las 8 y las 10 horas. Se ha observado que el ritmo circadiano de 24 horas se retrasa a unas 25/26 horas, apareciendo la necesidad de sueño nocturno más tarde, alargando la hora de acostarse, y retrasando el despertar por la mañana.

En la adultez, si bien la mayoría de personas necesita dormir entre 7 y 9 horas, existen personas con patrones de sueño corto que pueden necesitar cerca de 5 horas, o personas con un patrón de sueño largo, que podrían necesitar dormir más de 9 horas. Sin embargo, la literatura científica nos indica que personas con patrones cortos o largos, tienen un mayor riesgo de presentar alteraciones en su salud, mientras las personas que mantienen patrones de 7 a 9 horas de sueño, gozarían de una mejor salud física y psíquica.

Esta necesidad también variará en función de la actividad diurna, ya que aquellas personas con una reducida actividad física, tendrán una menor necesidad de “reparación física”, siendo éste uno de los principales factores que conducen al sueño.

Durante el embarazo, se estima que entre un 66 y 94% de las mujeres refieren dificultades de algún tipo en el sueño, fruto de los cambios físicos, hormonales y fisiológicos que acontecen durante ese periodo. Los cambios en el sueño se presentan en forma de dificultades para conciliar el sueño, despertares nocturnos, sueño poco reparador, excesiva somnolencia diurna, síndrome de piernas inquietas o trastornos relacionados con la respiración. Estos síntomas pueden aparecer durante el primer trimestre, debido a una mayor necesidad urinaria, dolores de espalda, reflujo, síndrome de piernas inquietas o náuseas y vómitos. Aunque será más frecuente durante el tercer trimestre, donde se añadirán también los movimientos del feto.

Observamos también en la mujer que, hasta llegar a la menopausia, suele tardar menos en dormirse en comparación con los hombres. Sin embargo, una vez iniciada la menopausia, se observa una menor eficiencia del sueño, con un sueño fragmentado por pequeños despertares frecuentes, que acostumbran a estar producidos por bochornos o sudoración nocturna.

A partir de los 60 años aproximadamente, empezamos a observar, tanto en mujeres como en hombres, cambios significativos en el sueño respecto a adultos jóvenes, que implican principalmente una reducción de las horas efectivas de sueño, que pueden rondar entre las 7 y 8 horas, y una mayor dificultad para conciliar y mantener el sueño durante toda la noche. El sueño suele ser más ligero, y se despiertan durante la noche con mayor facilidad.

Como vemos, es importante conocer los cambios en el sueño a lo largo del ciclo vital, para así poder identificar si los cambios experimentados corresponden a los reajustes fisiológicos propios de la etapa vital actual o a dificultades específicas en el sueño.

 

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